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Preguntas
y Respuestas de Pozoalbero
Artículo de José María Pemán publicado en ABC el 22 de
Noviembre de 1972.
A la salida de Jerez hay
una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda,
viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz
cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran
largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para
casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.
Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de
retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoalbero.
He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres
demasiado confesionales: Santa María, San José... No le gustan
los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la
estética. Creen, con razón, que si Dios, según el decir
teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los
pozos y entre los pinos... Hay que imitar aquella humilde
respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la
Guardia Civil.
- ¿Dónde duermes?
- Tengo un árbol que no me lo merezco...
En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja
nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones,
sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular
vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior
a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a
extenderse en el salón–lagar. .
Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur,
iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se
encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al
orujo o al alpechín.
En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta
divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma».
Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo
el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz,
Málaga, etcétera, era andaluz y ya se habían encargado de traer
por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio
abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos,
con melena y barba, con «sueters» y camisas de colores
explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy
seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.
Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio,
primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa
porque siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras
cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose
en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima
rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a
«otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el
traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas
metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad»
de San Agustín; el «Camino». Un viejo sacerdote, capellán de
una ermita mariana, comentaba: «Este es un hombre zarandeado por
el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo
no están previstos en ningún "Michelín"».
Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el
coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el
miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo
casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas,
confusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy
enlazados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo.
Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni
descanso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica,
de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No
estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del
ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos
modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría.
También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor,
que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos.
En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que
mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida,
el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción,
que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre
Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el
aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la
Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la
frondosa y graciosa palabra de Monseñor a la taquigrafía
intelectual y escatológica que lleva dentro.
Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del
sentimiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para
Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en
su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el
convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos
a pensar que un maestro de espíritu tan original en su ascética
del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como
instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de
estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha
olfateado tan sutilmente el riesgo, que se ha echado de bruces
sobre el contrapeso de la tradición popular española: el
rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado,
sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito
Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún
artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil
balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencillamente, la
tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue
todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica
de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o universalismo
consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día
una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento
intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía
de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al
auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de
sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.
Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que
plantamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha
sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez
clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como
el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da
exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del
jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar
ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de
arquitecto!
Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses.
Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que
buscaba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y
jardines vecinos.
–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué
obra ha tenido que hacer ese padre?
–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra
por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas
segundas».
Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:
–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de
primera.
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